En las Doradas y largas cabelleras
de un áureo ángel angelical
fui descubriendo una matinal
dulce flor de enredadera,
que en la curva de sus caderas
fue mis cien llagas escondiendo,
y el más frío invierno cruento
en su párvula boca se abrigaba,
como un sueño que ansiaba
volver a soñarse despierto...
Con su Corona de marfil y oro
me acompañaba su compañía,
y en su manto me envolvía
como en el más feliz tesoro.
Entonces, su Voz de Dulce Coro
me cantaba solo hasta dormir
desafiándome al diario vivir
en el más alegre ensueño,
con aquellos ojos tan risueños
y su ancha sonrisa de porvenir...
Su lejana compañía nocturnal
era el dulce alivio esperado,
con aquel verbo verde y dorado
que espantaba el hielo sin final,
llenando el puerto primaveral
de dulce alivio más ternura:
ya no habrían noches oscuras,
ni miedo, vil locura o temor;
la soledad de ayer sería hoy Amor
amarrado al ritmo de su cintura...
(...)
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